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«DRAMATURGIA RURAL» Teatro 7 – Teatro del Astillero


«Dramaturgia rural», un libro que huele a campo recién regado y a mesa de dramaturgas y dramaturgos con barro en las botas.

El pasado año, en el edición número 26 del Salón Internacional del Libro Teatral celebrado en el Teatro Valle-Inclán – Centro Dramático Nacional de Madrid y organizado por la Asociación de Autoras y Autores de Teatro, entre presentaciones y encuentros se dio a conocer esta nueva edición. Hoy, tras varios meses, me atrevo a ponerle palabras a otras que ya encendieron una pasión.

Este volumen no se conforma con reunir textos, ya que abre una rendija para mirar el teatro desde los campos de cultivo, donde la voz suena más limpia y la intemperie afina la escucha. Reúne piezas breves premiadas en el Certamen ”Francisco Nieva” del Centro Dramático Rural de Mira (Cuenca), la maravillosa casita azul dirigida por Adolfo Simón. 

Esta edición nace con la complicidad de Luis Miguel González Cruz y el sello de Teatro del Astillero, que ha defendido – casi con terquedad hermosa – que la autoría es un acto de presencia: una palabra que se arriesga, se prueba, se corrige y vuelve. Y justo ahora que Astillero celebra tres décadas de travesía (1995–2025),  este volumen aparece como un brindis y una declaración de principios: poner en valor el papel de los dramaturgos y dramaturgas en la escena.

¿Qué hay dentro?

Un mapa de piezas breves que no posan para la foto. Guillermo Heras abre y cierra con resonancias muy distintas: Estación Antón Martín, Una máscara para la peste y Un elefante en Mira. Alrededor, autoras y autores que no necesita presentación: Chema Rodríguez‑Calderón (No estoy de acuerdo con vos), Raúl Hernández Garrido (Cardenio y el soldado), Rafael Ruiz Pleguezuelos (Las paradas de la muerte), Carlos Be (Mis tres noches con Miguel Cervantes (Cosas viciosas, feas y deshonestas), Juan Mairena (La partida —Arrabal versus Cervantes—), Margarita Reiz (Mañana será tarde), María Regla Prieto (Dos mujeres bajo una misma luna), Tomás Afán (El escritor de la olvidada figura).

Aquí “rural” no significa costumbrismo barnizado. Rural como lugar de fricción, silencio que corta, memoria que raspa, comunidad que te mira a los ojos. Esa es la ética del Centro Dramático Rural: convocar artistas, promover formatos no convencionales —títeres, objetos, piezas cortas— y sostener una práctica que descentraliza la creación, tanto en geografía como en lenguaje. Sus convocatorias anuales al Certamen “Francisco Nieva” llevan tiempo empujando esa frontera.

La antología tiene algo de manifiesto. El teatro también nace en las orillas. No por gesto romántico, sino por eficacia política y poética. Menos ruido y más escucha.

En tiempos de algoritmos, likes y discursos prefabricados, estas piezas —cortas y punzantes— recuerdan que la escritura dramática es una acción necesaria.

Dramaturgia Rural es un cuaderno de campo. Pies en el polvo, ojos a la tormenta, oído al pueblo. Un recordatorio de que el teatro no solo se estrena, también se edita, se comparte, se archiva y se lee para que otros sigamos la senda.


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