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«MATA BAJA. Debajo del sudor hay personas» de La Siamesa/Ángela Verdugo en la Sala Carme Teatre


MATA BAJA emerge como una herida abierta. Un territorio donde el sudor se vuelve riego para la semilla y donde las malas hierbas resisten.

Estos días la Sala Carme Teatre ha acogido la propuesta escénica MATA BAJA. Debajo del sudor hay personas, una pieza de La Siamesa / Ángela Verdugo, desarrollada el año pasado durante una residencia de creación en la propia sala y que es parte fundamental de la trilogía El otro paraíso. 

Con este trabajo, Ángela Verdugo recibió el Premio IVC de Artes Escénicas 2024 a la Mejor Bailarina. Estas funciones se inscriben en la celebración de los 20 años de trayectoria de la compañía.

MATA BAJA, no es solo una celebración, si no una grieta que se abre y remueve la tierra. La pieza se adentra en una metáfora poderosa: las malas hierbas. Aquellas plantas que los poderosos intentan arrancar, pisar o borrar para mantener su tierra limpia, silenciosa y productiva. Y, sin embargo, son ellas las que sostienen la vida. Las que nutren, purifican y persisten. Las que existían mucho antes de que llegáramos. Las que crean mundo sin pedir permiso. En esta pieza, el cuerpo se convierte en esa hierba resistente. Una planta que no debería crecer, según la lógica del sistema, pero que lo hace de igual manera, insistiendo y resistiendo incluso después de un incendio.

En el corazón de esta tercera parte de la trilogía, late la conversación entre madre e hija. ¿Cómo sostener un orgullo de clase que parece disolverse entre los dedos? ¿Cómo resistir ante un mundo que quema lo que nace cerca del suelo? Madre e hija dialogan, caminan por un bosque calcinado, escuchan las voces de las plantas y árboles que ya no están. Esas voces que siguen siendo ejemplo de generosidad.

La dramaturgia de Xavi Puchades se siente como esa respiración temblorosa que acompaña a quien camina por un terreno devastado. Permite que la escena sea un territorio que se reconstruye y se destruye al mismo tiempo. La luz dibuja la silueta de lo que ya no existe y el sonido es un mantra que insiste, que repite y sostiene. La pieza desvela un paisaje que en su profundidad encuentra un brote tibio, una pequeña posibilidad de vida.

También se explora un sudor que no es agotamiento, sino legado. Un sudor que enfría el incendio pero también alimenta a las malas hierbas que volverán a brotar. Un sudor que es ofrenda, gesto y rastro.

Se invoca la frase que resuena como un latido: Porque debajo del sudor hay personas. Y también hay historia, una clase que resiste y una herencia que se transmite en silencio. Y ahí aparece la pregunta inevitable, esa que queda suspendida en el aire como una ceniza que se niega a caer: ¿Cómo salvarse de un incendio que arrasa la mata baja primero? ¿Quién quiere rezarle a Agnès Varda?

En medio de este paisaje devastado y fértil a la vez, uno casi desearía preguntarle a Agnès como mirar lo que persiste. Cómo seguir viendo belleza en lo pequeño, en lo que crece a pesar del pisoteo. Cómo encontrar fe en los brotes mínimos, en las vidas que el capitalismo tardío insiste en declarar improductivas.

Después de vivir la pieza, me surge otra pregunta, la menos cómoda: ¿Qué ocurre cuando no logras conectar con una pieza de este calibre? ¿Qué pasa cuando la escena nos exige entrar con un cuerpo que no está dispuesto, o con un imaginario que no alcanza a sostener tanto peso?

Tal vez no entender una pieza también sea parte del proceso. Tal vez la desconexión sea un lugar legítimo desde el cual mirar la herida o tal vez haya obras que buscan abrir una zona de fricción donde el espectador debe decidir si quiere o no quedarse. MATA BAJA es una pieza que pide respirar hondo y acercarse a la tierra para escuchar lo que queda debajo. Porque incluso si no conectas con la forma, algo de su raíz te roza.

En definitiva, MATA BAJA, ofrece un terreno. Una herida abierta. Un lugar donde lo que arde y lo que nace conviven sin llegar a apagarse del todo.

Porque debajo del sudor, del cansancio, de la rabia, de la tierra quemada, crecen las malas hierbas. Y ellas, como esta pieza, no piden permiso para existir.

Simplemente resisten.

LA SIAMESA (València)
Direcció i coreografia: Ángela Verdugo
Producció: Ana Henar Lorenzo
Coescriptura: Ángela Verdugo y Xavier Puchades
Intérprets: Ángela Verdugo, Carlos Molina, Sebastián López y Joan Martínez
Dramatúrgia: Xavier Puchades
Acompanyament coreogràfic: Rocío Pérez
Il-luminació / escenografia: Lumierescene_Tinglaos visuales y Carlos Molina
Música: Joan Martínez, Avelino Saavedra, Quiteria Muñoz y Pierre Bastien
Espai sonor / escenografia: MEl
Audiovisual / escenografia: Space Circles y Sebastián López
Vestuari: Áurea Morán • Disseny: Daniel Requeni
Fotografia: Sergio Serrano
Vídeo: Sergio Serrano y Marcos Sproston
Traducció: Weronica Cieslak
Agraments a Gala Bonet per la seua veu en la gravació de tres textos.