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«To be show» de Alberto José Lucena en la Sala Carme Teatre


«To be show» de Alberto José Lucena en la Sala Carme Teatre dentro del ciclo Carme’nDansa.

En «To be show», Alberto José Lucena, decide partir de la mínima expresión, como si desnudara el hecho escénico hasta dejarlo en un hueso esencial: un cuerpo, una luz franca y un público que, sin saberlo, deviene coprotagonista de un extraño ritual cotidiano.

No hay artificio. No hay estridencia. Lo que queda, en su estado más puro, es la voluntad de encontrarnos.

La pieza se construye desde una performance que rehúye lo espectacular. El movimiento es discreto, como si el artista solo quisiera sugerir y no imponer. La luz abierta, sin intención de ocultar nada, rompe la cuarta pared, invitándonos a habitar un espacio común donde la distancia escénica deja de ser frontera para convertirse en línea porosa.

En ese territorio sin protección, el aplauso adquiere un nuevo significado. No como clímax o cierre, sino como lenguaje. Alberto lo utiliza, lo fragmenta, lo estira, lo convierte en puente. Un código que no necesita palabras para sostener el dialogo. Y el publico, sorprendido por su propia disponibilidad, responde. Ríe. Acompaña. Se deja llevar por una complicidad que no sabes si es forzada o no.

En este show, las risas no son el efecto, sino la evidencia de que algo se ha encendido entre quienes miran y quien es mirado.

A medida que la pieza avanza, emergen preguntas que van más allá de la escena:

¿es posible que nos entendamos más de lo que creemos?

¿puede el silencio ser un idioma común?

¿qué información recoge el artista cuando observa al público mirándose a sí mismo a través de él?

Lucena parece proponer que la comunicación no siempre necesita la coreografía virtuosa ni la palabra enunciada. Que el humor también pertenece al territorio de la danza y el cuerpo. Que el gesto microscópico tiene peso. Que un show puede serlo incluso cuando renuncia al espectáculo.

«To be show» funciona como un escaparate sin cristal, una vitrina abierta donde asistimos a un acto de exposición mutua. Él nos mira mirarlo, nosotros le devolvemos ese espejo, y en esa ida y vuelta se va trazando un mapa común. No hay trampa. No hay floritura. Solo una intención clara: acercarse lo suficiente como para recordarnos que estamos juntos en este pequeño mundo llamado “show”.

Y quizá, solo quizá, ahí reside la verdadera potencia de la pieza. En demostrar que, incluso desde lo mínimo, podemos encontrarnos. Que la performance también se ríe. Que el silencio, cuando se comparte, habla más de lo que parece.


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